Y descubrí algo: explicar perfectamente es lo opuesto a llegar.

Se siente Septiembre.
Esa época del año en la que parece que a todos nos dan una segunda oportunidad para hacer todo aquello que nos propusimos ocho meses antes.
Ponerte en forma.
Hacer limpieza de lo que ya no aporta a nuestra vida.
Te prometes ir más despacio.
Estar más consciente.
Cuidar más la salud.
Más organizado.
Y así, hasta el infinito y más allá. Curiosamente, muchas veces todo esto se queda por el camino.
Porque los cambios importantes que hacemos en nuestras vidas, rara vez comienzan un lunes, un 1 de enero o un 1 de septiembre.
Empiezan cuando, por alguna razón, algo dentro de ti hace clic.
Como si el cerebro y el corazón hicieran match.
Después ya vendrá el:
“Hoy no tengo ganas, pero lo hago igual”.
Pero primero el match.
Y yo este verano, contra todo pronóstico, me hice un propósito.
Pero bastante menos ambicioso que la lista de arriba.
Dejar de explicar más de lo necesario.
Después de más de 30 años haciéndolo.
Y no, no me he vuelto loca.
Bueno…
No más de lo que suelo estarlo.
Y es que durante muchos años pensé que, si conseguía explicar algo suficientemente bien, la otra persona acabaría entendiéndolo.
Qué gran equivocación por mi parte.
Porque suele ser lo contrario.
Menos es más.
Esto realmente lo entendí hace años mil.
Pero no me habían hecho match el corazón y el cerebro.
Tenían que pasar bastantes años y determinadas experiencias vitales para que esto sucediera.
Siempre preparaba mejor las clases. Aunque con esa sensación de podría estar mejor. Cuando la frase mágica debería de ser, como la canción de la casa azul, “podría ser peor”.
Mejoraba las diapositivas.
Buscaba ejemplos.
Ordenaba ideas.
Pensaba en cómo explicarlo más claro. Mejor.
Y luego llegaba a clase…
y ocurría la vida.
Lo planeado servía como estructura.
Pero nada de lo pensado sucedía exactamente como lo había imaginado.
Y entonces descubrí algo curioso.
Los alumnos olvidaban muchas de las cosas que había preparado.
Pero recordaban aquellas que habían surgido espontáneamente.
Una anécdota.
Una cagada.
Una historia personal.
Algo que nos había pasado aquel día.
Cuando me contradije.
Y es que explicar y re-cor-dar son cosas diferentes.
Es curioso que re-cor-dar venga del latín recordari, relacionado con cor, corazón.
No sé si nuestros ancestros tenían razón etimológica pero sí que tengo claro que tenían más poesía e intuición.
Y a mí la intuición me fascina:
hay cosas que no recordamos porque las entendimos. Las recordamos porque nos hicieron sentir algo.
Yo puedo explicar algo perfectamente y conseguir que desaparezca de la cabeza del oyente en cero y una coma.
En cambio una historia, aunque sea mediocre, puede quedarse años en la cabeza y el corazón de una persona.
Ya lo hablaba en el post “Aquellos profesores que nunca se olvidan”.
Todos tenemos uno.
Ese profesor que, por alguna razón, dejó algo dentro de nosotros.
Y quien dice profesor, dice amigo, familiar, camarera, vecino, …
Albert Espinosa lo cuenta muy bien en “El mundo amarillo”.
Aunque los amarillos, diría, que son aún más especiales .
Son capaces de quedarse contigo con tan solo una conversación.
Y aquí es donde entra la IA.
Porque estamos viviendo una pequeña paradoja.
Ahora hay máquinas capaces de explicarlo prácticamente todo.
Y muy bien, por cierto.
Claude y familia pueden explicarte la teoría del Big Bang.
Resumirte un libro.
Prepararte una clase.
Ponerte un ejemplo.
Y también pueden escribirte una historia.
Con protagonistas.
Drama.
Mucho drama.
Giro.
Emociones que corren por la venas.
Y hasta una moraleja lacrimógena con final de tazita de Mr. Wonderful.
En doce segundos de reloj.
Pero que una IA pueda escribir una historia no significa que sepa qué historia merece ser contada.
Y aquí está, para mí, el asunto.
Porque el storytelling no consiste en ponerle maquillaje a una explicación.
Consiste en encontrar:
- Qué está en juego.
- Qué quiere alguien.
- Qué se lo impide.
- Qué cambia.
- Y sobre todo: por qué debería importarle a quien escucha.
Después de más de 30 años comunicando, enseñando, representando ideas y emociones en vídeos, diseños, clases …
Y peleándome con tecnologías que por aquel entonces parecían sacadas de la nave de ET.
Cada vez tengo más claro que:
la tecnología cambia mucho y rápido.
Las personas también cambiamos.
Pero a ralentí.
Y casi siempre necesitamos interacción con algo o con alguien para hacerlo.
Y es que puedes pedirle a la “ChatiGPT” que te escriba una historia en 12 segundos.
Para tus niños.
Tus alumnos.
Tus amigos.
Tus familiares.
Para quien quieras.
Y seguramente lo hará muy bien.
Pero lo difícil sigue siendo lo mismo que cuando empecé:
saber qué merece la pena contar.
Y eso no lo puedes delegar completamente a una máquina.
Porque comunicar no es simplemente transmitir información.
Eso lo hace bastante bien el Bluetooth.
Tú mandas.
El otro recibe.
O no.
A veces no sabes por qué.
Contar una historia es otra cosa.
Es conseguir que esa información encuentre algo dentro del otro con lo que conectar.
Es lograr el match.
Esta vez no entre el corazón y el cerebro, que también.
Sino entre lo que quieres contar y lo que el otro necesita escuchar.
Y quizás por eso me rendí.
Después de toda una vida explicándome,
decidí explicar menos.
Y contar mejor.
Lo curioso es que contar mejor también se aprende.
Pero esa es otra historia.
Ya sabes: no me creas. Compruébalo.
El Radar de Zeneida
Lo que se cuece.
OpenAI lanza un ChatGPT solo para adolescentes.
Entre 13 y 17 años.
¿Por qué?
Pues porque alguien de la empresa se dio cuenta de algo que nosotros ya sabemos:
Los chicos y chicas de esa edad, están usando la IA como psicólogo.
Como padre. Como madre.
Como ese amigo que siempre te escucha sin juicio.
Y esto …. Es de traca.
Así que decidieron poner restricciones.
Avisos sobre dependencia emocional.
Filtros sobre contenidos sensibles.
Pero aquí viene lo curioso:
Dicen que sea el usuario quien declare su edad.
Como si fuera a haber alguien de 15 años que levante la mano y diga “tengo 15 años, no voy a entrar aquí”
Claro que no.
Así que OpenAI instaló un sistema que adivina tu edad.
Analiza cómo usas la cuenta.
Qué preguntas haces.
Cómo te comportas.
Y decide si eres adolescente.
O mientes.
¿Afecta a nuestra privacidad?
Bueno.
Que una empresa sepa que eres adolescentes por cómo te comportas, …
Eso ya es privacidad.
O la falta de ella.
Pero el tema real es otro.
Es que un/a adolescente esté hablando con una máquina sobre cosas que quizás
debería hablar con un adulto.
Y la máquina… no sabe qué debería hacer con eso.
Porque no es psicólogo.
Es un modelo de lenguaje.
Y eso, es el verdadero problema.
Fuente: OpenAI lanza un ChatGPT solo para adolescentes con más límites y controles parentales – 18 de agosto de 2026
Mundo curioso
Cosas que existen y que igual no sabías.
La palabra “recordar” viene del latín “recordari”:
re- (de nuevo) + cordis (corazón).
Literalmente: “volver a pasar por el corazón”.
Pero aquí está lo interesante: Los romanos no lo decían porque los recuerdos fueran emocionales.
Lo decían porque creían que el corazón era desde donde pensaba la gente.
No desde donde sentían.
En esa época, el corazón era la sede del pensamiento (no el cerebro).
Por eso en inglés todavía dicen “learn by heart” (aprender del corazón).
Hoy interpretamos eso como “emoción”.
Pero los romanos querían decir: “vuelve a pensar sobre esto”.
Curiosamente ambos tienen razón.
Porque a veces recordamos no porque entendamos algo.
Recordamos porque nos hizo sentir que comprendíamos algo.
Y eso, es lo que queda.
Del Klingon al Humano (La Píldora Práctica)
Un reto para los próximos siete días.
Esta semana, te propongo un experimento doble.
Parte 1: Pide a la “ChatiGPT” o a la IA que quieras que escriba una historia de 300 palabras. Ejemplo: “Un profesor que inspira a un alumno”.
Si no tienes claro de que pedirle escribir, piensa en algo para tus hijos, familiares, alumnos, compañeros de curro, …
Parte 2: Ahora tú escribes una historia similar.
Pero sobre un profesor real que te inspiró. Tu versión real.
Compara:
¿Cuál te emociona más? ¿Por qué?
La diferencia entre ambas es exactamente lo que estamos hablando hoy.
¿Qué tiene la historia de la IA que la tuya no?
¿Qué tiene la tuya que la IA no pudo capturar?
Cacharreo de la semana
Herramientas “chachi que sí” probadas por servidora.
Esta semana una charlita TED.
“El peligro de la única historia” – Chimamanda Ngozi Adichie
En esta ocasión tenemos a la escritoria nigeriana Chimamanda.
Habla de cómo una historia puede cambiar completamente cómo ves a una persona, un país, una cultura.
Y cómo el problema no es la historia.
Es tener una única historia. Un único relato.
Después de escucharla te das cuenta de algo:
La IA puede contar muchas historias.
Pero tú solo tienes una tuya.
Y esa es la que importa.
Nos leemos el próximo domingo a las 20:20.
La próxima semana: Volvemos a hacer parada en salud tecnológica
Porque sí, no debemos descuidar cómo la tecnología afecta a nuestra salud.
Sobre todo la mental.
Por eso cada vez me interesa más hablar sobre lo que la tecnología nos está haciendo a nosotros.
Y de eso va la próxima semana.
Si algo de esto te removió por dentro (para bien o para mal), responde a este correo. Te leeré.
Ya sabes: no me creas. Compruébalo.
Porque la soberanía digital no consiste en pensar como yo. Consiste en aprender a pensar por ti.
Zeneida
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