No quiero muchos seguidores. Quiero encontrar a mi gente.

Porque cantidad no es igual a calidad.
noseguidores

Se siente Septiembre.

Hace muchos años conocí de un concepto teórico propuesto por el antropólogo Robin Dunbar que, simplificando mucho, decía que los humanos tenemos una capacidad limitada para mantener relaciones sociales estables y significativas.

La cifra que se hizo famosa fue 150 personas.

En otras palabras, cuanto mayor es el grupo, más difícil resulta mantener relaciones realmente significativas con todos los que lo forman. Llegando el momento en el dejamos de hablar de personas con las que tenemos un vínculo para empezar a hablar de conocidos.

Lo significativo comienza a diluirse.

Y es que las comunidades, de alguna manera, no existen sólo de palabra o como algo abstracto.

Necesitan las rutinas, las voces conocidas, la cercanía, lo cotidiano, el descanso en el banco, al panadero de la esquina…

Quizás nos hemos olvidado de que los vínculos deben cuidarse.

Deben afianzarse.

Una comunidad no es una audiencia pequeña. Es otra cosa.

Una audiencia te mira.

Una comunidad participa.

Una audiencia consume.

Una comunidad comparte

Una audiencia puede darte número.

Una comunidad puede darte vínculos.

Personalmente los grandes grupos siempre me han abrumado.

A pesar de ser consciente de que puedo relacionarme con mucha gente, no quiero vincularme profundamente con la gran mayoría.

Tiendo a la introspección.

A rodearme de las personas necesarias y valiosas.

Y a no ir regalando mi energía porque sí.

Aunque a veces, esto último, se me olvida.

Todo esto viene a colación de lo que creo que está empezando a pasar en el entorno de las RRSS.

Somos ese punto que forma parte de un gran cuadro del que no tenemos ningún tipo de conciencia, pero del que participamos y consumimos como si no hubiera un mañana.

A veces buscando respuestas.

A veces para dejar de pensar.

Y es que, a estas alturas, parece que empezamos a hartarnos.

De tanto scroll.

Vídeos.

Anuncios.

De opiniones no deseadaa,

De influencers.

De publicidad disfrazada de contenido.

De miedo disfrazado de ayuda, …

Y vuelta a empezar.

Más una sensación de irrealidad.

No porque todo sea falso sino porque las redes nos muestran una versión tremendamente sesgada de la realidad.

Como lo ha hecho siempre la televisión o los medios informativos.

Pero a lo bestia.

Y es que la vida de los otros parece una sucesión de viajes, desayunos, cuerpos y casas perfectas, negocios que facturan millones, parejas irrealmente felices, …

Mientras tú en pijama intentando recordar en que momento te bajaste de la vida.

No trato de demonizar a las redes sociales.

Ni mucho menos.

Hicieron y hacen algo extraordinario por nosotros.

Nos permitieron y permiten conectar con gente de todo el mundo.

El problema quizás está en otro lado.

En que hemos confundido conectar con mucha gente.

Con tener relaciones con mucha gente.

Y eso no es lo mismo.

Pero ¿qué ocurre cuando dejamos de confiar en ese lugar donde estamos pasando nuestro tiempo?

A veces, una gran cantidad de él.

Quizás no dejamos Internet.

Quizás dejamos ese lugar de internet.

Porque seguimos necesitando exactamente lo mismo que necesitábamos antes:

Hablar con alguien.

Sentirnos vistos.

Compartir algo que nos importa.

Encontrar a otros que entiendan nuestras rarezas.

Necesitamos pertenecer.

Quizás por eso las comunidades vuelvan a cobrar importancia.

Buscando participar.

Buscando pertenecer a un lugar pequeño, sin grandes pretensiones, pero con bases estables y seguras. Como una familia no disfuncional.

Y es que una comunidad puede tener 300 miembros.

No 300 seguidores.

300 miembros.

Seres humanos que se conocen

Que comparten intereses.

Que se ayudan.

Que participan.

Que saben que forman parte de algo.

Y pueden tener mucho más vínculo entre ellas.

Que 100.000 seguidores que jamás interactúan entre sí.

O que sí interactúan, pero para tirarse hate.

Y en este punto de la news de hoy te pregunto:

¿Qué prefieres?

¿100.000 personas que te siguen pero no saben quién eres?

¿O 300 personas con las que compartes algo, algunas de las cuales conocen tu nombre, te ayudan cuando lo necesitas y probablemente se darían cuenta si un día desapareces?

Quizás el futuro de internet no consista en conseguir que más gente te vea.

Quizás ni siquiera consista en seguir acumulando seguidores.

Quizás consista en encontrar a nuestra gente.

Por cierto.

Esto también aplica en la vida real.

Ya sabes: no me creas. Compruébalo.



El Radar de Zeneida

Lo que se cuece.

Hay una cosa que me parece cada vez más interesante.

Mientras discutes sobre qué red social te gusta más, hay algo que todas tienen en común y que ya he tocado en Educantech:

Todas quieren tu atención.

No importa si estás viendo un video de gatitos, una receta, la última sandez política o a alguien enseñándote su desayuno de 47 euros.

Si sigues mirando, funciona.

Por eso el scroll no termina nunca.

Siempre hay algo más.

Y después otra cosa más.

Y otra.

Es quizás por esto que comienzan a resultar tan atractivos esos lugares pequeños donde nadie está intentando que permanezcas cinco horas más.

Donde simplemente puedes estar.

Hablar.

Leer.

Y largarte.

Sin que nadie te persiga con otro vídeo.

Eso, que es más viejo que Matusalén, sí que es revolucionario.



Mundo curioso

Cosas que existen y que igual no sabías.

Maslow (el psicólogo que hizo la pirámide de necesidades) decía que uno de los niveles más críticos era “pertenecer”.

No ser conocido.

Pertenecer. Es decir: saber que formas parte de algo.

Que tu ausencia se notaría.

Que tienes un rol.

Que importas en un grupo específico.

Los humanos no buscamos ser famosos. Aunque enciendas la tele o te asomes a las redes y parezca lo contrario.

En esencia buscamos pertenecer.

Nuestra biología está diseñada para pequeñas comunidades. El barrio, el trabajo, la familia, …

No para 100 millones de seguidores.

Cuando intentamos “crecer” en RRSS sin crear comunidad real… estamos luchando contra nuestra propia neurología.

Y al final, ganamos. Pero perdemos algo mucho más valioso. Nuestra esencia y saber que pertenecemos a algo.



Del Klingon al Humano (La Píldora Práctica)

Un reto para los próximos siete días.

Esta semana, seguimos experimentando.

Echa un vistazo a tus redes sociales, revisa a quién sigues y haz limpieza.

Sin miedo.

Deja de seguir durante una semana, a al menos, 10 cuentas que realmente no te aporten nada.

No tienes que bloquearlas.

No tienes que justificarte.

Simplemente deja de consumirlas.

Y observa qué ocurre.

¿Sientes más liberación?

¿Más claridad mental?

¿Menos ansiedad?

¿O ni siquiera te habías dado cuenta de que las estabas siguiendo?


Nos leemos el próximo domingo a las 20:20.

La próxima semana: Volvemos con “La historia del dinero para gente que nunca estudió economía – Parte 2”

Y es que mis niños y mis niñas, si han estado observando y escuchando bien las noticias, se empieza a atisbar una cambio que suena un poco a “se atormenta una vecina”.

Y cuando digo cambio, no me refiero a que de repente vayamos a despertarnos todos en La guerra de los mundos. No.

Pero algunas piezas empiezan a moverse.

Y quizás conviene entender qué está pasando antes de que nos pase por encima.

Y lo mejor es que nos pille confesados a todos.

Porque así la cachetada es espiritual y como que duele menos.

Y de eso va la próxima semana. De ser más soberanos.

Si algo de esto te removió por dentro (para bien o para mal), responde a este correo. Te leeré.

Ya sabes: no me creas. Compruébalo.

Porque la soberanía digital no consiste en pensar como yo. Consiste en aprender a pensar por ti.

Zeneida

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