Aquellos profesores… que nunca se olvidan

Porque algunas clases te acompañan toda la vida.
profesores

Con la llegada del verano siempre sale en mí esa niña que llevo dentro.

La que recuerda los veranos como aquel tiempo de piscinas, césped recién mojado por las mañanas, olor a cloro y sabor a sal.

Y, sobre todo, esos pequeños rituales que vamos armando desde pequeños.

En mi caso, como en el de muchos niños y niñas españoles, era el cuaderno de verano de Santillana.

Cien páginas.

Yo hacía cuatro.

Sí.

Cuatro.

Porque para mí la vida es más el momento que el calendario.

Y tengo que vigilarme.

Porque, si me descuido, soy capaz de salir volando detrás de cualquier idea como un diente de león empujado por el viento.

Y las obligaciones… bueno… también existen y se hacen.

Cuando me voy a esa época no puedo evitar pensar en aquellos profesores que me marcaron de por siempre.

¿Y tú? ¿Recuerdas a alguno?

No al más simpático.

Ni al que mejor corregía.

Al que todavía vive en tu imaginario.

Y es que yo sí.

Fueron tres.

Menchu.

Isis.

Y un profesor de Historia cuyo nombre, curiosamente, ya no recuerdo.

Que, por alguna razón, aún recuerdo perfectamente lo que aprendí con él.

Eso siempre me ha parecido fascinante.

Durante muchos años pensé que aquellos profesores simplemente enseñaban muy bien.

Hoy creo que hacían otra cosa.

Y sé ponerle nombre.

Storytelling.

Pero no entendido como una técnica de marketing.

Sino como la capacidad de convertir una idea en una experiencia que tu cerebro ya no olvida.

Con Menchu no aprendí solo biología.

Aprendí la pasión por enseñar.

Lo insondable y maravillosa que es la biología.

No salía de clase sabiendo más nombres.

Salía haciéndome más preguntas.

Viendo cómo todo estaba conectado y tenía un ¿por qué?.

Y eso cambió mi manera de estudiar.

Con Isis no memoricé autores.

Descubrí que detrás de cada libro habían personas.

Conflictos.

Mensajes ocultos en frases maravillosas.

Ideas.

Que yo también podía crear, expresar y ocultar mensajes.

La literatura dejó de ser una asignatura.

Se convirtió en un lugar al que quería volver. Siempre.

Y aquel profesor de Historia…

En realidad nos enseñaba antropología sin decirnos que lo hacía.

Dejó de pedirnos fechas.

Empezó a obligarnos a hacernos preguntas sobre lo que observábamos.

¿Por qué hacemos lo que hacemos?

¿Por qué una sociedad cambia?

¿Por qué repetimos siempre los mismos errores?

Treinta años después…

todavía sigo haciéndome esas preguntas.

Muchas veces digo que toqué el cielo en aquellas clases.

Y no era porque fueran divertidas. Que lo eran.

Era porque allí ocurría algo muy poco habitual.

No me trataban como alguien que solo tenía que escuchar y obedecer.

Me trataban como alguien capaz de pensar.

Como alguien capaz de crear.

Y eso cambia muchas cosas.

¿Qué tenían en común aquellos tres profesores?

No eran los más modernos.

No tenían pantallas.

Ni inteligencia artificial.

Ni pizarras digitales.

Tenían otra cosa.

Sabían envolver el contenido en historias. Como el caramelo que te daba tu abuela a escondidas. Primero disfrutabas el dulce. Después descubrías que también te había alimentado un poquito el alma.

Y no. No era para entretenernos.

Las utilizaban para que pudiéramos comprender.

Porque una historia no sustituye al conocimiento. Lo vuelve habitable.

Hace que una idea encuentre un sitio donde quedarse a vivir.

Y cuando eso ocurre…

ya no estudias para aprobar.

Aprendes porque quieres entender.

Han pasado más de treinta años.

Y sigo recordando aquellas clases.

No porque fueran emotivas.

Sino porque cambiaron mi forma de mirar el mundo.

Y cuando alguien consigue eso… ya no te está enseñando una materia.

Te está enseñando una manera de pensar.

De mirar.

De sentir.

Por eso hoy, cuando doy clase, me es inevitable que me habite esto.

No enseño storytelling como una técnica para escribir mejor.

Ni como un truco para vender más.

Lo enseño porque creo que es una forma de ayudar a otras personas a comprender.

A conectar ideas.

A recordar.

A pensar.

Vivimos rodeados de información.

Nunca hemos tenido tantos datos.

Y, paradójicamente, cada vez entendemos menos cosas.

Porque los datos informan. Las historias transforman.

Por eso en Educantech no quiero mostrarte únicamente herramientas.

Quiero ayudarte a comunicar mejor.

A comprender con más profundidad.

A hacer que una idea encuentre un lugar donde quedarse.

Y a desarrollar un criterio que siga sirviéndote cuando la siguiente herramienta vuelva a cambiarlo todo.

Porque eso fue exactamente lo que hicieron ellos.

Y quizá por eso nunca dejaron de ser mis profesores.

La semana pasada hablábamos de conversar con los documentos gracias a NotebookLM.

Hoy te propongo otra conversación.

La que mantienes con las personas cuando consigues contar una buena historia.

Porque una herramienta puede ayudarte a encontrar información.

Pero solo una buena historia consigue que una idea encuentre un lugar donde quedarse.

Y, si tienes la suerte de encontrar a un buen contador de historias… quizá esa historia te acompañe toda la vida.

O quién sabe… quizá algún día sea una historia tuya la que cambie la forma de mirar el mundo de otra persona.



El Radar de Zeneida

Lo que se cuece.

Durante años pensamos que contar historias era un recurso para entretener.

Pues resulta que no.

La neurociencia lleva tiempo demostrando algo que los buenos docentes ya sabían sin necesidad de resonancias magnéticas.

Cuando alguien cuenta una buena historia, nuestros cerebros empiezan literalmente a sincronizarse.

Sí.

Literalmente.

Es lo que el neurocientífico Uri Hasson llama acoplamiento neuronal.

Mientras escuchamos una historia coherente, nuestro cerebro empieza a representar la realidad de una forma muy parecida al de quien la está contando.

Dicho de otra manera:

No solo entendemos la historia. Durante unos minutos pensamos con el cerebro del otro.

Quizá por eso todavía recuerde las clases de Menchu.



Mundo curioso

Cosas que existen y que igual no sabías.

¿Sabías que Aristóteles ya hablaba del poder de las historias hace más de 2.300 años?

En La Retórica explicaba que las personas no cambiamos de opinión únicamente por los datos.

También necesitamos emoción, credibilidad y una buena narración.

Dos milenios después seguimos investigándolo…

…y seguimos llegando prácticamente a la misma conclusión.



Del Klingon al Humano (La Píldora Práctica)

Un reto para los próximos siete días.

Esta semana, una sola cosa.

Piensa en alguien que te haya comunicado algo que realmente se quedó contigo.

Podría ser:

  • Un profesor en clase .
  • Tu jefe explicando una estrategia.
  • Un amigo contando una anécdota.
  • Un comunicador en un video.
  • Una película, un artículo, un podcast.
  • Un vendedor que te convenció.
  • Una presentación que cambió tu perspectiva.

No importa el medio, ni el contexto.

Ahora responde:

  • ¿Qué hizo diferente esa persona que otros no hacen?
  • ¿Fue una presentación con datos?
  • ¿Fue una anécdota personal?
  • ¿Te hizo sentir algo? ¿Te hizo pensar diferente?
  • ¿Tu cerebro se acopló al suyo mientras hablaba?

Eso es todo.

Solo observa qué tipo de contenido generó la conexión real.

Porque cuando lo ves claro, ya no puedes volver a no verlo.

Y eso es el primer paso para cambiar cómo TÚ comunicas.

Da igual si enseñas, diriges, vendes, creas contenido, presentas ideas o simplemente quieres ser mejor comunicando.

Todos contamos historias.

La pregunta es: ¿las cuentas de forma que los cerebros se acoplen?



Cacharreo de la Semana

Herramientas “chachi que sí” probadas por servidora.

Esta semana no es una app, ni un curso, ni una técnica de storytelling descargable.

Es una película. “Dead Poets Society” (El club de los poetas muertos).

La recomendé hace semanas en la newsletter “Nadie recuerda tu powerpoint”, pero hoy con más razón.

Porque refleja exactamente lo que hablo: un profesor que usa la palabras, historias y preguntas para transformar formas de mirar la vida.

Cuando la veas, hazlo como docente.

Observa qué hace el profesor (Robin Williams) que engancha a sus alumnos.

No son diapositivas.

No es contenido descargable.

Es presencia, humanidad y un poema. “Carpe diem. Aprovecha el día.”

Eso es storytelling.

Eso es educación.

Eso es lo que diferencia un profesor de alguien que solo transmite información.

Una recomendación: si eres docente y llevas más de 5 años dándote contra la pared sin sentir que algo cambia… No dejes de verla.

No para escapar.

Para recordar por qué empezaste.

Porque Menchu, Isis y aquel profesor de historia sin nombre… Hacían exactamente eso.

Porque una herramienta puede ayudarte a encontrar información.

Pero solo una historia consigue convertir esa información en algo que otra persona ya nunca olvida.

Treinta años después de Menchu, Isis y aquel profesor sin nombre…

Sigo recordando las historias.

No los datos.

¿Y tú?

Pero ya sabes. No me creas. Compruébalo.

La próxima semana: Estar presente. Parece fácil. En 2026 quizá sea una de las habilidades más difíciles de conservar.

Si algo de esto te removió por dentro (para bien o para mal), responde a este correo. Te leeré.

Nos leemos el próximo domingo a las 20:20.

Ya sabes: no me creas. Compruébalo.

Porque la soberanía digital no consiste en pensar como yo. Consiste en aprender a pensar por ti.

Zeneida

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